Simple y claro: envejeces por todos lados. Santiago viejo y sus calles viejas; la plaza vieja, la calle de antes, la misma puerta y el mismo intenso paso, ahora sin nadie cerca, sin más que la sombra que revela la mala postura y la cabeza inclinada al caminar. Y si hay algo nuevo es quizá eso antes no descubierto: otras calles pero al mismo ritmo; otra ventana que asoma y lanza esos mismos aromas, como si más que otro lugar, fuera una broma de la misma recóndita esquina de antes. La ciudad de esquina; la ciudad vecina; la ciudad asesina.De buena gana volvería a conversar lo de siempre y lo nuevo. De buena gana volvería al café nocturno, la tele encendida por rutina, la voz de los mismos de fondo, la cama esperando paciente. De buena gana caminaría a horas y deshoras, quejándome por las calles sucias y la mala gente. De buena gana dormiría por horas, tendido y transverso, rendido y converso. De buena gana pintaría y la espátula reiría por la pretensión de artista. De buena gana.
Mas la ciudad y yo mismo quedamos, ahí quedamos. Todo lo demás no.


