martes 3 de enero de 2012

Simple y claro

Simple y claro: envejeces por todos lados. Santiago viejo y sus calles viejas; la plaza vieja, la calle de antes, la misma puerta y el mismo intenso paso, ahora sin nadie cerca, sin más que la sombra que revela la mala postura y la cabeza inclinada al caminar. Y si hay algo nuevo es quizá eso antes no descubierto: otras calles pero al mismo ritmo; otra ventana que asoma y lanza esos mismos aromas, como si más que otro lugar, fuera una broma de la misma recóndita esquina de antes. La ciudad de esquina; la ciudad vecina; la ciudad asesina.

De buena gana volvería a conversar lo de siempre y lo nuevo. De buena gana volvería al café nocturno, la tele encendida por rutina, la voz de los mismos de fondo, la cama esperando paciente. De buena gana caminaría a horas y deshoras, quejándome por las calles sucias y la mala gente. De buena gana dormiría por horas, tendido y transverso, rendido y converso. De buena gana pintaría y la espátula reiría por la pretensión de artista. De buena gana.

Mas la ciudad y yo mismo quedamos, ahí quedamos. Todo lo demás no.

domingo 25 de septiembre de 2011

Para que aprendas

Uno debiera convencerse que las intuiciones son correctas; que -como con buena parte de la vida- con los libros las primeras impresiones suelen ser ciertas y que, sin son antologías poéticas, es mejor no dudar un segundo. Uno debiera convencerse que si no compartes los versos de un poeta, sería excepcional compartir sus gustos (y su juicio) sobre lo que es buena poesía. Y no. No me hice caso y compré una antología de alguien a quien no quiero nombrar y que ha significado unos pocos versos a rescatar.

Uno debiera convencerse también que lo que una vez no gusta, puede ser de tu gusto más tarde, o varios años más tarde. Uno debiera convencerse que la vista y el gusto y la escucha y la piel cambian con los años y que más vale aguardar y no despotricar contra todo, menos contra aquello que se abandonó tan rápido una vez.

Uno debiera convencerse que, sobre todo después de equivocarse tanto, más vale no precipitarse e ir con calma, confiar a medias en la primera impresión y confiar un tanto no más en las revisiones de años después. Así debiera uno convencerse porque, al cabo, no hay sino una que otra certeza que aguanta el paso de los años. Entonces más vale cuidarse, cuidar esa certeza y cuidar la intuición. Y uno debiera también guardar la duda y acompañarse de ella con certeza. Un pizca de una, un poco de la otra.


Van los que ahora rescato:


Así que nos vamos perdiendo entre el humo que levanta
el viento
a la hora de la quema
a la hora de la quema donde no te veo y te amo
donde no te veo y te entro entera
ahora que se va acabando el mundo sin tu cuerpo
se va acabando el mundo sin mi cuerpo
se va acabando el mundo sin nuestros cuerpos de sal

("El amor", Carlos Baier, en Las extensiones)

Y dos poemas de Rafael Rubio, hijo y nieto de poetas:

Solo

Más solo que una lágrima
en el párpado
de un muerto.


Yo me todo

Yo me lluevo, yo me trueno, yo relámpago, me tremo,
yo me cielo, yo me ocaso, me palomo, me carajo
yo me sueño, yo me lágrima, me abuelo, me cascajo
yo me briso por la fronda de los árboles, me rabia
yo me tronco, subo y rama por la risa, me hago savia.
Me ventano, me relincho
me hago puerta
nunca abierta
yo me huerta, sara vieja
tierra muerta, vida añeja.




jueves 25 de agosto de 2011

Geografía

Miras
y juego con la idea
del infinito segundo
en que la hondura tuya
me encuentre

jueves 28 de julio de 2011

La peste

"Hasta la pequeña satisfacción de escribir nos fue negada", dijo Camus en "La Peste", cuando ya todo indicaba que la ciudad estaba irremediablemente cerrada por esa fiebre que mataba a todos y alejaba corazones y piel. Encerrados y exiliados, que es lo mismo, "pues era ciertamente un sentimiento de exilio aquel vacío que llevábamos dentro de nosotros, aquella emoción precisa; el deseo irrazonado por volver hacia atrás o, al contrario, por apresurar la marcha del tiempo, eran dos flechas abrasadoras en la memoria. Algunas veces nos abandonábamos a la imaginación y nos poníamos a esperar que sonara el timbre o que se oyera el paso familiar en la escalera [...] Al fin había siempre un momento en que nos dábamos cuenta de que los trenes no llegaban. Entonces aceptábamos nuestra condición de prisioneros, quedábamos reducidos a nuestro pasado, y si algunos tenían la tentación de vivir el futuro, tenían que renunciar muy pronto, al menos, en la medida de lo posible, sufriendo finalmente las heridas que la imaginación inflinge a los que se confían a ella"

miércoles 1 de junio de 2011

Tan de mañana

Santiago viejo a las 8 es un lugar soñado, con sueño y ojeras, la cara sucia y despeinado, en tono sepia o descolorido color. De lunes a viernes la misma calle, la misma ruta, el grafitti, la esquina azul, los bananos sombríos y la luz mortecina entre caseros, la limeñita roja intensa, la feria los miércoles, las veredas estrechas, los empedrados que asoman por los baches del asfalto y ese lugarcito que falta por conocer. Adentro quien sabe qué, acá la música, los versos y los diversos que entristecen; allá otras, acá las mismas.

Cuadras más, cuadras menos, sobran los versos de Sabina que estremecen y sorprenden. Hoy repetía "Tan joven y tan viejo", autorretrato descentrado, cómplice, pero retrato al fin. Para pasar de la sonrisa al ceño fruncido, los ojos que brillan, el pelo que encanece, las manos que se pintan, las ganas que guardas, las sombras sin luz, todo es parte de esas calles en que callas.

Falta tanto por recorrer...

Lo primero que quise fue marcharme bien lejos;
en el álbum de cromos de la resignación
pegábamos los niños que odiaban los espejos
guantes de Rita Hayworth, calles de Nueva York.

Apenas vi que un ojo me guiñaba la vida
le pedí que a su antojo dispusiera de mí,
ella me dió las llaves de la ciudad prohibida
yo, todo lo que tengo, que es nada, se lo dí.

Así crecí volando y volé tan deprisa
que hasta mi propia sombra de vista me perdió,
para borrar mis huellas destrocé mi camisa,
confundí con estrellas las luces de neón.

Hice trampas al póker, defraudé a mis amigos,
sobre el banco de un parque dormí como un lirón;
por decir lo que pienso sin pensar lo que digo
más de un beso me dieron (y más de un bofetón).

Lo que sé del olvido lo aprendí de la luna,
lo que sé del pecado lo tuve que buscar
como un ladrón debajo de la falda de alguna
de cuyo nombre ahora no me quiero acordar.

Así que, de momento, nada de adiós muchachos,
me duermo en los entierros de mi generación;
cada noche me invento, todavía me emborracho;
tan joven y tan viejo, like a rolling stone.

domingo 29 de mayo de 2011

Búsqueda

Lo encuentro de improviso y sin buscarlo. Es de Rolando Cárdenas, de Punta Arenas. Me recuerda a Tellier y no cabe duda que están emparentados. Basta un par de versos para caer en cuenta de ello. Pero eso no le resta valor y, en cambio, le agrega compañía. Al cabo, a esta hora y alturas, ni la patria ni magos ni pájaros se pueden sentir más solos; tanto así que bien vale defender este derecho a la soledad, esa que varios han nombrado como el estar con uno mismo.


A veces es bueno abandonarse al propio olvido
como si el saber sonreír
fuera más fácil que morder una fruta.
Ir por las calles perfectamente solo,
sin más compañía que nuestra cotidiana tristeza y nuestros pasos,
amando una vez más la sencillez del aire
de la manera como se recuerda la infancia,
o ese otro tiempo pulverizado
cuando se buscaban las primeras estrellas en las charcas.

Es bueno sentarse entre amigos y vasos
a observar como todos abandonan algo suyo
en la música que los impulsa y transforma en seres sin huesos,
mientras la noche trepa por los muros
buscando también dónde esconder su espera,
y después salir hacia el alba
con un poco más para alimentar futuras soledades.

Es bueno comprender que estamos hechos de recuerdos,
un poco de tiempo que crece sin escucharnos
y de muchas cosas que no comprendemos.

A veces es bueno detenerse a contemplar la hoja que cae
cuando la palabra primavera
no es lo que nosotros quisiéramos que sea.

Balada para una historia secreta

Dicen que somos un país de poetas. Un lugar común, dirán varios. Porque este país de punta desierta y oceánica, de centro confuso y desordenado, de sur oscuro y mojado, de viento austral y llanuras chatas, no es tan distinto de otros que he visto. No es tampoco un lugar suficientemente deprimente como para ensimismarse y volcarse a escribir, como decía un personaje en una película. Pero se escribe mucho verso y hay mucha antología. Leo ahora la de Naín Nómez, tomo IV, y anoto estos versos de Pedro Lastra, de Chillán...


Miras por la ventana un paisaje de invierno
y la maligna lluvia te destruye
porque eres la ausencia.

Estabas y no eras,
hablabas y el silencio;
nunca eres más bella que cuando sé que eres
la que no está conmigo.
No encuentro en la memoria un nombre que te deje a mi lado, un instante,
un nombre que me salve de verte así, creada

por la palabra ausencia.

Y por eso la lluvia, y por eso el silencio
y la fuga que eres, y el vacío y el vértigo
que eres
cuando la ausencia toma tu figura.